La guapura solía importar más

La guapura solía importar más

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Image credit: D. Ross Cameron-USA Today Sports

Traducido por José M. Hernández Lagunes

En las dos últimas semanas, he estado escribiendo sobre el efecto Buena Cara: los jugadores guapos tienden a jugar peor, pero paradójicamente juegan más a menudo en las Ligas Mayores, porque tienden a ser promovidos en exceso en ligas menores hasta niveles para los que no están cualificados. Es de suponer que esto se debe a que los mánagers y directivos los ven sistemáticamente, aunque de forma inconsciente, como si fueran ligeramente mejores de lo que son, de forma similar a los efectos Halo que se han encontrado prácticamente en todos los demás lugares donde los investigadores han realizado estudios sobre el atractivo facial.

Hay una pequeña advertencia en esos estudios anteriores que quizá no hayas notado. Para ambos análisis, me centré en una era muy particular de la historia de la MLB, el período de tiempo comprendido entre 2000-2019. En la última parte, eso se debe a la pandemia y a la gran reestructuración del béisbol de ligas menores que se produjo en 2020. Pero en la primera parte tenía una razón diferente. Resulta que el efecto Buena Cara funcionaba de forma un poco diferente antes del año 2000: entonces, los jugadores guapos recibían un beneficio significativo por ser guapos.

Para recapitular esos estudios previos, utilicé un modelo de aprendizaje profundo entrenado con datos de encuestas proporcionadas por humanos para calificar el atractivo facial de todos los jugadores en la historia de la MLB. Descubrí que los jugadores más atractivos se desempeñan consistentemente peor que los jugadores menos atractivos. Eso fue cierto para carreras limpias admitidas, ponches por cada nueve entradas, bases por bolas, y casi cualquier otra métrica que se pueda imaginar.

Al principio del proceso de investigación, descubrí que las fotos muy antiguas tendían a producir puntuaciones engañosas, en parte porque están tan granuladas y distorsionadas que ni siquiera un humano podría proporcionar una lectura precisa. El otro factor es que los criterios de atractivo facial cambian con el tiempo: dudo que un jugador con este aspecto, que luce orgulloso un bigote de manillar, tenga una buena puntuación según los criterios actuales, pero por lo que sé, era muy guapo por ahí de 1900. Así que no me atreví a retroceder demasiado en el tiempo.

En un esfuerzo por evitar estos dos problemas, me centré en el periodo de tiempo más reciente antes del presente, 1984-2000. Utilicé una media móvil de cinco años para modelar la relación entre el atractivo y varias estadísticas de rendimiento, en aras de la simplicidad, centrándome sólo en los lanzadores de la MLB. Y en esta época, el patrón que descubrí antes—los jugadores guapos son peores—se invierte. En este periodo, los jugadores más guapos tienen más ponches por apariciones (o por nueve entradas, línea roja en el gráfico de abajo), casi el mismo número de caminatas (línea azul) y menos hits (línea amarilla) en las Grandes Ligas. (Estos efectos se extienden al menos hasta 1979, pero las regresiones empiezan a ser bastante imprecisas e inconsistentes alrededor de esta fecha).

Este efecto se desvanece gradualmente a lo largo de la década de los 90s antes de invertirse en torno al año 2000. Cada punto de la línea incorpora dos años de datos anteriores y dos años posteriores, de modo que el punto del año 2000—cuando la belleza se convierte más en una maldición que en una bendición, asociada a menos ponches y más hits—se basa en datos de 1998-2002.

¿Qué ocurrió a finales de los 90s o principios de los 2000es? Sólo podemos especular. El cambio de milenio trajo consigo numerosos cambios, como el fin de la era de los esteroides, el auge de la sabermetría y la redefinición de la zona de strike. Cualquier combinación de estos u otros elementos podría estar en juego.

Una posibilidad es el aumento de la clasificación de los umpires. Alrededor de 1998, la MLB introdujo el sistema Questec, un precursor de PitchF/X que rastreaba la ubicación de los lanzamientos a su paso por (o alrededor de) la zona de strike. Alrededor de 2001 (diferentes fuentes indican diferentes fechas), mucho antes de que los datos de PitchF/X o Statcast se filtraran al público, Questec comenzó a utilizarse como herramienta para calificar a los umpires, marcando las decisiones que eran “erróneas” de acuerdo con una definición precisa y geométrica de la zona de strike. Investigaciones académicas y sabermétricas previas han demostrado que el sistema Questec impulsó una mayor exactitud y precisión en las decisiones de bola y strike, a medida que los umpires se hacían más responsables de sus decisiones. Los días de apogeo de las zonas muy amplias y específicas para cada jugador otorgadas a tipos como Tom Glavine habían terminado.

Me cuesta creer que la desaparición de un efecto de atractivo al mismo tiempo no esté relacionada. Dudo que los umpires hayan concedido conscientemente algunos strikes extra a los lanzadores con rasgos faciales más simétricos. Pero hay una diferencia entre cantar la zona de strike cuando sabes que serás calificado por las llamadas y cuando no lo serás.

Una prueba en contra de la hipótesis de Questec proviene de los datos de ligas menores. Investigué con algunos expertos sobre cuándo llegó Questec o alguna forma de clasificación de umpires a las ligas menores, porque debió ser al menos un poco más tarde que en las Mayores, pero no recibí una respuesta clara. Sin embargo, el momento en que se produjo el cambio en el efecto de la guapura es casi idéntico en las ligas menores. Si la culpa fue de Questec y se implantó un poco más tarde en la MiLB, esto no es lo que yo esperaría. Por otro lado, si los umpires de ligas menores vieron u oyeron hablar de los sistemas de seguimiento objetivo de lanzamientos que se utilizaban en ligas por encima de ellos, quizás ajustaron subconscientemente su propio comportamiento un poco antes de que Questec se filtrara a su nivel.

O tal vez haya algo más a lo que culpar. Las imágenes plantean sus propios problemas analíticos: las condiciones de iluminación pueden variar, la calidad de la imagen puede variar, los estándares de atractivo facial también pueden variar. Puede haber otros factores que expliquen esta tendencia.

Independientemente de la causa subyacente, es interesante volver a la vieja frase de los ojeadores sobre la preferencia por los jugadores con “buena cara” a la luz de estos datos. (Es importante señalar que esta “buena cara” no se refiere únicamente a la belleza, sino también a alguna cualidad nebulosa de masculinidad o virilidad, que supongo que está asociada al menos en cierta medida con la belleza). En la referencia más memorable a la “buena cara”, un pasaje fundamental de Moneyball, Billy Beane cuestiona la lógica de clasificar a los jugadores por su aspecto, y ordena a sus ojeadores que se fijen en las estadísticas y las habilidades en el campo.

Puede que los ojeadores estuvieran en lo cierto y Billy Beane se equivocara desde el principio. Si, por la razón que sea, los lanzadores con buena cara o ciertos rasgos faciales recibían un trato preferencial en la zona de strike en los años anteriores al 2000, como muestra esta investigación, entonces sería totalmente racional tener en cuenta su aspecto a la hora de evaluarlos. Un jugador feo, o quizás uno con una mandíbula menos definida o rasgos menos robustos, podría sufrir toda su carrera recibiendo unas cuantas llamadas menos aquí y allá, permitiendo más hits como resultado.

El libro de Michael Lewis cubrió los A’s de 2002, justo cuando Questec debutó y los jugadores menos atractivos vieron su suerte invertida, así que al final Beane tenía razón: tener una buena cara no era ni sería útil para los jugadores drafteados ese año. Pero los ojeadores también tenían razón al preferir a los jugadores con cierto aspecto, porque eso es lo que solía asociarse con los ponches. Puede que no supieran por qué o no fueran capaces de explicarlo, pero quizás había más lógica en la Buena Cara de lo que Beane o sus ojeadores sabían.

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